martes, 2 de julio de 2013

Cuando el águila se coma a la serpiente




El conflicto representado en nuestro escudo nacional, ondulando en nuestra bandera para que cada lunes por la mañana, o al inicio de cada evento deportivo importante, veneremos el conflicto. Pero no es de extrañar que el águila y la serpiente de nuestro lábaro patrio estén en lucha constante, porque de hecho el águila y la serpiente de casi todos los individuos viven en batalla.

Cuenta Nietzsche que a los treinta años Zaratustra abandonó su patria y el lago de su patria, y se marchó a la montaña, donde gozó de su soledad y su espíritu por diez años, hasta que su corazón se transformó. Quien no abandona esa patria simbólica que es la sociedad humana, nunca podrá tener pensamientos propios, sino los eternos refritos de una estructura humana prefabricada…, algo que hacemos mucho en México al escondernos tanto en ese cadáver putrefacto que es el pasado.

Y Zaratustra le habló al sol, que en el texto representa a Dios, para peguntarle: ¿qué sería de tu grandeza si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas?, porque, qué es un creador sin creación. La existencia es una interdependencia absoluta de todos sus elementos, y ni siquiera el creador puede quedar fuera de esto. “Sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de tu camino”.


¿Por qué un águila y una serpiente? Difícilmente sería Nietzsche o su profeta del superhombre, un buen patriota mexicano. Claro que no debemos olvidar que el águila y la serpiente en conflicto no son un símbolo de origen prehispánico, y que desde luego es una leyenda aquello de que los aztecas caminaron por cien años, guiados por su dios, hasta encontrar dicha señal. 

En códices antiguos queda claro que lo único que encuentra el pueblo mexica en la supuesta migración, es un águila. Y no hay que olvidar dos cosas: que los aztecas eran seres humanos como todos, y también hacían mitos, y en segundo lugar, que casi toda la información que hoy se tiene de ese remoto pasado mesoamericano, se construyó con base en las interpretaciones españolas; es decir católicas, donde un ave de los cielos como la de nuestro escudo, representa las alturas, lo elevado, la aspiración al bien y la virtud; mientras que el animal que se arrastra simboliza todo lo caído, lo que se mueve entre el fango, lo terrenal y pecaminoso, y desde luego, al mismísimo Satanás.

Es así como el águila y la serpiente, al igual que en otras muchas culturas que los han usado como símbolo, representan la lucha del bien contra el mal; conflicto eterno que según Nietzsche, es una de las más terribles herencias de la cultura occidental judeocristiana. Con esa visión en sus mentes, así lo establecieron los españoles. 

Pero en Zaratustra no existe lucha, porque es el profeta del superhombre, aquel que ha comprendido que la cultura, con todos sus valores y su moral, son como todo, una construcción humana que nada tiene de eterno o de sagrado. El superhombre está más allá del bien y del mal, acepta en igualdad a su espíritu y su cuerpo, sus pasiones y su razón, su cordura y su sinrazón; sus más altas cumbres no se pelean con sus más mundanas raíces. Por eso Zaratustra saluda al sol con su águila y su serpiente en armonía.

Más adelante, cuando Zaratustra ya está pregonando a ese nuevo ser humano superior y sin conflicto, vuelve a ver a sus antiguos compañeros; su águila y su serpiente, pero no están en conflicto, no pelean ni uno devora al otro, sino que la víbora es compañera de viaje del ave, enroscada en su cuello como un solo ser. 

El animal más orgulloso bajo el sol va de la mano junto al más inteligente, como compañeros de viaje, así es como Zaratustra se refiere a sus antiguos compañeros. Todo el orgullo, la altivez, la arrogancia, y todas esas verdaderas virtudes que se oponen a la falsa virtud de la humildad, vuelan por los aires junto a la astucia, el conocimiento y la inteligencia. Ninguna de ellas sirve la una sin la otra; ni orgullo sin inteligencia, ni inteligencia  sin orgullo.

En México, en todo nuestro territorio, en todas nuestras mentes y en nuestra bandera, honramos día a día el conflicto, esa eterna lucha que nos aleja del superhombre. Terrible que luchen el bien contra el mal, porque esa lucha sólo existe si primero te han convencido de que dichos valores existen; y claro, nadie es nunca el malo sino el bueno; y así en nuestro país cada seguidor de una postura económica, política o social se asume como bueno, y por añadidura tacha de malos a los que no comparten sus ideas; y fieles a nuestra tradición simbólica: luchan. 

Más grave aún es que vivan en eterna batalla nuestra inteligencia con nuestra altivez; de hecho nos falta tanta inteligencia al ser orgullosos, que sólo tenemos los sucedáneos baratos del orgullo: el machismo, el nacionalismo, el patrioterismo. El gritar más fuerte, el pegar más duro, el sentirnos consentidos de la madrecita santa e impoluta de Dios, el repetir como loros que como México no hay dos, aunque dicha afirmación aplique igual al resto de los países, el pensarnos especiales porque el papa polaco decía aquello de México $$$iempre fiel, el remachar que somos el cuerno de la abundancia, el regodearnos en una serie de supuestos valores intangibles que de cualquier forma no tenemos, y desde luego, la convicción en el inconsciente colectivo de que para que México ¡VIVA!, alguien tiene que llevarse su correspondiente mentada de madre.

El conflicto en las venas, en el cuerpo y el alma, en la mezquindad de los políticos, en los fanáticos religiosos, en la vida diaria, en los discursos, en nuestro himno, y desde luego en nuestra bandera. Nos pasa con el conflicto eterno lo mismo que con la pobreza; sin darnos cuenta lo hemos convertido en virtud y lo hemos ensalzado como tal. Como en todo rebaño, la interminable lucha entre ellas nunca beneficia a las ovejas; tan solo al pastor al que nunca se le rebelan…, y desde luego; al lobo que puede devorarlas a todas gracias a que el eterno conflicto hace que nunca puedan ubicar al verdadero enemigo.

El pueblo nunca se beneficia de la eterna lucha, NUNCA; pero cómo lucran con esa batalla los políticos; esos que jamás podrían ser líderes de un pueblo despierto; de individuos autosuficientes, ya que sólo las masas amorfas siguen líderes sin liderazgo. El superhombre sólo se sigue a sí mismo, y sólo busca inspiración en gente de su tamaño, en seres que vuelan a su altura o más alto. Pero nadie puede despegar en medio del conflicto. 

El conflicto inunda el alma de México porque así conviene a los miserables intereses de todos los que aspiran a doblegar por siempre esa alma para controlar siempre al país. México necesita individuos, no masas, superhombres y no gusanos, modelos a seguir, pero no líderes, pensamiento libre y no cárceles ideológicas. El eterno conflicto es eterno sometimiento…, pero que pasaría si un día, finalmente, el águila se comiera a la serpiente…

Juan Miguel Zunzunegui

Fuente: La Caverna