martes, 2 de julio de 2013

Las Ideas detrás del Poder




Una constante en la historia del poder ha sido elaborar teorías que lo justifiquen, nunca por uno mismo, por egoísmo, sino siempre por el bien de los demás: el pueblo, los fieles, la patria, la nación; o una lucha por los ideales, los valores, las tradiciones, la fe. Siempre hay un pretexto para detentar el poder y siempre se pretende que es en nombre y por bien de alguien más.

Quizás el primero en romper ese mito fue Maquiavelo, y planteó una verdad inobjetable, pero tan estruendosa en su tiempo que hasta hoy su nombre es sinónimo de maldad y conspiración: lo maquiavélico. El autor simplemente se atrevió a señalar que no se tiene el poder por los demás sino por uno mismo, y que todo es válido siempre que vaya encaminado a conservar el poder.

A partir de él, varios autores y filósofos se ocuparon de la política y justificaron diversos regímenes, desde el absolutismo real hasta la República, desde el totalitarismo hasta la democracia. Varias revoluciones se pelearon y miles de litros de sangre fueron derramados enarbolando banderas e ideales para que unos pocos se encumbraran. Los liderazgos cambiaron, las masas siguieron oprimidas. 


Desde el siglo XIX el tema del control se hace más complicado, ya que por primera vez en la historia los grandes líderes se enfrentaron a la sociedad de masas, y fue necesario crear herramientas para someter a esa sociedad. La sociedad de masas, resultante de la era industrial, tenía mayor capacidad que nunca de arrebatar el poder y los medios de producción a sus dueños. Más que nunca era necesario el control, ante todo, de las mentes, de las ideas; más que nunca se hizo necesario, ya para el siglo XX, inventar ideologías, discursos que tengan a un pueblo deseoso incluso de matarse por un supuesto ideal.

Esto no cambia; desde el Tío Sam y su dedo señalador reclutando jóvenes para la Gran Guerra de Europa, pasando por los fascismos de Europa Central, hasta llegar al conflicto ideológico por excelencia en la segunda mitad del siglo XX; el comunismo contra el capitalismo: la Guerra Fría. 

En la Guerra Fría, dos grandes superpotencias quedaron enfrentadas por el dominio mundial y representaban discursos ideológicos radicalmente opuestos; el capitalismo liberal norteamericano contra el comunismo estalinista de la Unión Soviética. El mundo libre contra la dictadura opresora, el individualismo contra una sociedad mecanizada, y en resumen, desde el punto de vista de occidente: los buenos contra los malos. En realidad, centenares de millones de seres humanos eran enemigos unos de otros por los mezquinos intereses de unos cuantos.

De la Unión Soviética se construyeron todo tipo de rumores desde  el fin de la Segunda Guerra hasta la caída de este imperio en 1991. El mundo occidental vivía atemorizado de los rusos y su maldad natural. Eran comunistas, ateos, perversos, querían conquistar el mundo y destruirlo, tenían pacto con el diablo, eran la maldad encarnada y se comían crudos a los niños. Si, parece broma, pero esto y más se dijo sobre los soviéticos a lo largo de la Guerra Fría, y para que el impacto fuera en verdad terrible, se les bautizó con nuevo nombre que no dejaba lugar a dudas: el Imperio del Mal. 

De forma prácticamente religiosa se satanizó a la URSS al grado de convertirla en la culpable de todos los males del mundo. Ellos causaban las guerras, patrocinaban el terrorismo, exportaban la revolución, derrocaban regímenes justos y ante todo, tenían al mundo al borde del holocausto nuclear. El pánico irracional de una Tercera Guerra Mundial entre las dos potencias, donde el poderío de su arsenal nuclear destruyera el planeta estuvo latente: la Guerra de Corea, la Crisis de los Misiles, la Invasión de Afganistán…, en cada uno de estos momentos los pueblos del mundo libre, informados por sus medios de comunicación, vivieron al borde del colapso y entre crisis nerviosas, con una visión sombría del futuro, ante la inevitable espera de que algún soviético loco “apretara el botón”.

Pero en 1989 cayó el muro de Berlín y con él toda la cortina de hierro que mantenía aislados del mundo a los países de Europa del Este. En 1992 quedó desmantelada oficialmente la Unión Soviética y terminó con ello la Guerra Fría. Pero lo más importante es que los buenos habían ganado, triunfaba la libertad y el mal podía ser erradicado del mundo. 

Pero las guerras siguieron, el terrorismo se intensificó, los conflictos aumentaron, las amenazas se multiplicaron, la paz se vio más amenazada que nunca…, y no estaba ahí la Unión Soviética para ser culpable de los males que azotaban a la humanidad y liderar a las huestes del mal. De esta forma, los Estados Unidos se dieron a la tarea de buscar y fabricar un nuevo enemigo, y no hubo mejor candidato que los musulmanes: viven en Medio Oriente, la gran masa del mundo occidental no sabe nada sobre ellos, usan ropas extrañas, profesan una religión desconocida de este lado del planeta, y eso los vuelve candidatos idóneos para envolverlos en un halo de fanatismo, intolerancia y terrorismo.

En 1991, meses antes de que cayera la URSS, George H.W. Bush invadía Irak y los medios occidentales nos aterrorizaban ante el evidente poderío del líder árabe, el tercer Anticristo; el nuevo enemigo ya estaba construyéndose. Se consolidó diez años después, un 11 de septiembre y con otro Bush al mando. El nuevo mundo sin soviéticos, sin dictadura comunista y sin Muro de Berlín, resultó igual o peor que el anterior. Todo cambió, pero todo siguió igual. Todo es ilusión excepto el poder. 

Juan Miguel Zunzunegui

Fuente: La Caverna